Tender puentes imposibles

La artista argentino-armenia
Silvina Der Meguerditchian
elabora el trauma del genocidio

por Christel Heybrock (Copyright)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Fotos de documentos nos miran directamente a los ojos. Son rostros de personas desaparecidas hace mucho tiempo. Las pruebas tangibles de sus existencias: permisos de trabajo y de residencia, sellos e inscripciones, emblemas y letras cuyo ritmo gráfico, ya sean finas caligrafías o palabras impresas, comparten el protagonismo con las fotos. Quien se confronte con el mundo de estos documentos se sentirá profundamente conmovido y perplejo a la vez.
Silvina Der-Meguerditchian, nacida en 1967 en Buenos Aires, amplía documentos y plastifica sus diversas páginas; de esta forma los aproxima tanto al observador que éste cree poder leer del corazón de los muertos y de su vida como de las páginas de un libro abierto. Al mismo tiempo, el pasado parece haberse alejado, inaccesible, sellado para siempre.

La oscilación entre distancia y cercanía, individuo y sociedad, pasado y presente es un desafío recurrente y constante a quienes se aproximan a la obra de Silvina y constituye una fuente inagotable de fascinación. La artista invierte en esto una parte de su historia privada y la de su familia, marcada por el trauma: sus abuelos, sobrevivientes de las masacres cometidas por los turcos contra los armenios entre 1914 y 1918, tuvieron que escaparse y llegaron a Buenos Aires vía París. En la mayoría de las familias, para poder sobrevivir, los recuerdos de una fractura tan terrible tienden a ser reprimidos; como consecuencia, el sortilegio nefasto no puede ser desterrado y continúa surtiendo su terrible efecto. Silvina, armenia en tercera generación, debió confrontarse a su vez con este hecho: de chica asistió a una escuela armenia en Buenos Aires y comenzó a preguntarse por qué ella misma no estaba en Armenia y qué era Armenia en realidad...

Silvina Der-Meguerditchian elabora el trauma del genocidio llamándolo por su nombre y convirtiéndolo en protagonista de su obra. El poder articular lo ocurrido en el pasado le permite a la artista tender un puente casi impensable entre víctimas y victimarios. Para esto se sirve no sólo de material auténtico como huellas digitales, estructuras de ADN y mapas de ciudades, sino también de formas tradicionales como la disposición en hilera de ornamentos y la repetición de elementos individuales en contraste con otros motivos. En una de sus obras la artista dispone los documentos de sus antepasados, algunos muertos durante las deportaciones, como en un gran collage; una especie de tapiz hecho de ornamentos, palabras e imágenes, en forma análoga a los tapices orientales „originales” unidos y enmarcados por una hebra de lana tejida al crochet y coronados en los extremos superior e inferior por un galón rojo sangre.

Al ciudadano occidental que día a día camina sobre sus alfombras sin tener idea de ello, no sólo se le recuerda un evento político de la época de la primera guerra mundial, sino también se le hace tomar conciencia de que los ornamentos en apariencia puramente decorativos e intercambiables de los tapices orientales originariamente evocaban significados. Así, por ejemplo, escenas de caza o “El jardín del paraíso”, ornamentos arquitectónicos que son símbolo de protección y cobijo de los creyentes al orar.

A pesar de la prodigalidad de colores intensos, cuando uno penetra más allá de la superficie aparentemente inofensiva del trabajo de esta artista, la obra está lejos de relatarnos escenas paradisíacas. En otro “tapiz” que contrasta intensamente con aquel tan personal de los documentos familiares, Silvina cita antiguas plazas, barrios y calles del Imperio Otomano de principio de siglo, fotografías de los espacios vitales de sus antepasados desterrados; soleados, polvorientos, aquí y allá un árbol entre las casas, escenas que parecen hasta banales en su cotidianeidad. Mas entre los mosaicos plastificados de estas fotos se repite un ornamento de una simbología aterradora: una gran goma de borrar con la inscripción „Made in Turkey“ borra los espacios de vida de aquellos que murieron y de los que tuvieron que escapar.
(….)
Ante la representación de acontecimientos políticos concretos, uno como espectador no puede dejar de explorar la propia existencia. Más allá del horror, cobijado en esta obra como un tesoro de sabiduría, hay otro mensaje paralelo: todos estamos unidos por los delicados hilos de la vida y el presente, en su fluir perpetuo, está formado por una densa red de relaciones humanas. No es azar que el tejido que la artista crea en los tapices nos recuerde los filamentos antifalsificación de los documentos de identidad ampliados en algunas otras de sus obras. Lo que este arte nos recuerda, en cualquier caso, es que somos los artífices de nuestras existencias y que nuestros actos tienen repercusión sobre el tejido de nuestra identidad.

 

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