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La
artista argentino-armenia por
Christel Heybrock (Copyright)
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La oscilación entre distancia y cercanía, individuo y sociedad, pasado y presente es un desafío recurrente y constante a quienes se aproximan a la obra de Silvina y constituye una fuente inagotable de fascinación. La artista invierte en esto una parte de su historia privada y la de su familia, marcada por el trauma: sus abuelos, sobrevivientes de las masacres cometidas por los turcos contra los armenios entre 1914 y 1918, tuvieron que escaparse y llegaron a Buenos Aires vía París. En la mayoría de las familias, para poder sobrevivir, los recuerdos de una fractura tan terrible tienden a ser reprimidos; como consecuencia, el sortilegio nefasto no puede ser desterrado y continúa surtiendo su terrible efecto. Silvina, armenia en tercera generación, debió confrontarse a su vez con este hecho: de chica asistió a una escuela armenia en Buenos Aires y comenzó a preguntarse por qué ella misma no estaba en Armenia y qué era Armenia en realidad... Silvina Der-Meguerditchian elabora el trauma del genocidio llamándolo por su nombre y convirtiéndolo en protagonista de su obra. El poder articular lo ocurrido en el pasado le permite a la artista tender un puente casi impensable entre víctimas y victimarios. Para esto se sirve no sólo de material auténtico como huellas digitales, estructuras de ADN y mapas de ciudades, sino también de formas tradicionales como la disposición en hilera de ornamentos y la repetición de elementos individuales en contraste con otros motivos. En una de sus obras la artista dispone los documentos de sus antepasados, algunos muertos durante las deportaciones, como en un gran collage; una especie de tapiz hecho de ornamentos, palabras e imágenes, en forma análoga a los tapices orientales „originales” unidos y enmarcados por una hebra de lana tejida al crochet y coronados en los extremos superior e inferior por un galón rojo sangre. Al ciudadano occidental que día a día camina sobre sus alfombras sin tener idea de ello, no sólo se le recuerda un evento político de la época de la primera guerra mundial, sino también se le hace tomar conciencia de que los ornamentos en apariencia puramente decorativos e intercambiables de los tapices orientales originariamente evocaban significados. Así, por ejemplo, escenas de caza o “El jardín del paraíso”, ornamentos arquitectónicos que son símbolo de protección y cobijo de los creyentes al orar. A
pesar de la prodigalidad de colores intensos, cuando uno penetra más
allá de la superficie aparentemente inofensiva del trabajo de esta
artista, la obra está lejos de relatarnos escenas paradisíacas.
En otro “tapiz” que contrasta intensamente con aquel tan personal
de los documentos familiares, Silvina cita antiguas plazas, barrios y
calles del Imperio Otomano de principio de siglo, fotografías de
los espacios vitales de sus antepasados desterrados; soleados, polvorientos,
aquí y allá un árbol entre las casas, escenas que
parecen hasta banales en su cotidianeidad. Mas entre los mosaicos plastificados
de estas fotos se repite un ornamento de una simbología aterradora:
una gran goma de borrar con la inscripción „Made in Turkey“
borra los espacios de vida de aquellos que murieron y de los que tuvieron
que escapar.
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